Práctica 5 Darío Ruiz Martínez

 Objetos: Pipa, maletín médico, lápices, cuaderno, armónica, cerillas.

Personaje: Dr. Edmund Kane


                                             De izquierda a derecha: Edmund Kane y Caleb

Trasfondo:

Edmund Kane fue un médico militar que alcanzó fama durante la Segunda Guerra Mundial. En los archivos oficiales, su nombre figura como símbolo de entrega y heroísmo: un médico que, según los informes, se enfrentaba al fuego enemigo para salvar vidas. La verdad, sin embargo, es muy distinta. Edmund nunca sintió compasión ni vocación por la medicina, veía en ella una vía perfecta para ejercer poder sobre otros. En el campo de batalla, sus “pacientes” no sobrevivían. Fingía atenderlos, pero en realidad prolongaba su agonía o los abandonaba en momentos cruciales, disfrutando del control absoluto que tenía sobre sus destinos.

Su maletín médico militar se convirtió en el emblema de esa autoridad: siempre pulcro, ordenado, pero cargado de una presencia inquietante. En su interior guardaba instrumentos que rara vez usaba para curar, y pequeños recuerdos de quienes murieron bajo su “cuidado”.

Tras cada jornada, Edmund se apartaba del campamento y encendía una cerilla que miraba fijamente durante varios segundos para luego encender su pipa cargada con opio con ella. No lo hacía para calmarse ni para olvidar, sino para ritualizar lo ocurrido. El humo marcaba el inicio y el fin de cada experiencia: mientras aspiraba, revivía la sensación de dominio; al exhalar, sellaba el recuerdo. Fumar se volvió parte de su rito personal, una forma de consagrar el poder que acababa de ejercer.

En su cuaderno, con lápices de trazo grueso, llenaba páginas con dibujos bastos, viscerales, de los rostros de aquellos que había dejado morir. No los hacía al momento, sino después, cuando su memoria ya deformaba las facciones (producto del opio) hasta convertirlas en expresiones de sufrimiento casi simbólicas. Cada trazo era un intento de conservar el eco de la agonía que tanto lo complacía. A veces añadía una palabra o una fecha: marcas de una colección íntima que nadie más debía ver.

En los silencios de la noche, su armónica rompía el aire del campamento. Tocaba melodías cortas, que se volvían fúnebres bajo su respiración cansada. Los demás soldados creían que era su manera de soportar el trauma de la guerra. En realidad, era su forma de celebrar su poder, de convertir el dolor ajeno en música.

Motivaciones:
Edmund no buscaba redención, conocimiento ni gloria militar. Lo movía un impulso más simple y oscuro: el placer de tener control sobre la vida y la muerte. No odiaba a sus víctimas; tampoco sentía rabia o sadismo explícito. Lo que lo movía era la sensación de ser el único capaz de decidir, de tener un dominio absoluto sobre la existencia de otro ser humano. En su mente, eso lo convertía en algo más que un hombre: un juez, un “dios” en medio del caos.

La guerra, para él, no fue un infierno, sino una oportunidad perfecta: un escenario donde sus impulsos podían expresarse sin consecuencias, amparados por el uniforme y la autoridad médica. Mientras los demás veían el horror, él veía libertad.

Arco narrativo:
Tras el final de la guerra, Edmund fue reconocido como héroe. Las autoridades necesitaban figuras que inspiraran fe y orgullo, y nadie dudó de su reputación. Fue condecorado, celebrado en discursos y fotografiado con su maletín en la mano. Sin embargo, la paz le resultó insoportable. Comenzó a replegarse en sí mismo, aislado en su despacho, rodeado de humo, dibujos y recuerdos. Tocaba su armónica cada noche, buscando revivir las sensaciones que lo definían. Poco a poco, los rumores de su frialdad y de desapariciones durante la guerra empezaron a surgir. Algunos antiguos compañeros lo recordaban con una mezcla de admiración y miedo.

A medida que la verdad amenazaba con salir a la luz, Edmund no sintió miedo, sino una calma casi serena: comprendió que su historia no necesitaba ser defendida. Si el mundo quería creer en su heroísmo, lo dejaría hacerlo. Su único interés era conservar el control hasta el final.

En su última noche, encendió la pipa y dibujó su rostro en la última página de su cuaderno. Luego tocó su armónica por última vez. Cuando lo buscaron al amanecer, encontraron su maletín abierto sobre la mesa, el cuaderno lleno de rostros distorsionados y un leve olor herbáceo en el aire. Nadie supo nunca si se marchó o si, simplemente, decidió desaparecer como tantos a los que había observado morir.


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